EDU LAVRADOR

LA “MÁQUINA DEL CUIDADO” DE EDUARDO LAVRADOR

Humedad, luego cristaliza, de Eduardo Lavrador.

Sala Ángel Imbernón. Museo Cristo de la Sangre. Del 11 al 27 de febrero de 2026.

Comisarios: Marta Iranzo, Guille Rodríguez y Pedro A. Cruz Sánchez

En el título como Humedad, luego cristaliza -con el que Eduardo Lavrador ha nombrado la instalación que presenta en el Museo Cristo de la Sangre- resuena, con bastante claridad, la estructura del célebre cogito cartesiano; aunque, en un gesto de gran potencia conceptual, la fórmula “X, luego Y” es sometida a un desplazamiento por el que el centro de gravedad se desplaza desde la figura del sujeto hasta un régimen material. En Lavrador, el yo deja de funcionar como la garantía de existencia para ser reemplazado por una condición como la de la “humedad”. Lo húmedo no opera aquí como una experiencia interior, sino como una variable ecosistémica que desencadena una transformación: la de la cristalización. Pero ¿qué es lo que cristaliza? La vida -entendida como un sistema en el que la agencia se distribuye entre el agua, el tiempo, la evaporación, las plantas, la tierra, los caracoles…-. Vaciada del yo, la estructura del cogito es entregada por Lavrador transformada en un devenir carente de identidad. No existe intencionalidad -y, por tanto, voluntad- en la activación de este micro-ecosistema en circuito cerrado; por el contrario, lo que prima es la inteligencia del suceder sin más, de aquello que pasa por el mero -aunque sorprendente- orden natural del cuidado.

Calificar este circuito cerrado de Lavrador como una máquina del cuidado implica atenerse a la literalidad de un proceso en el que -contra la lógica neocapitalista que instrumentaliza cada una de nuestras respiraciones- lo que importa no es producir, sino sostener. Es cierto que todo el dispositivo ideado por el artista sevillano persigue ser eficaz; pero no una eficacia que no se mide tanto por la lógica del rendimiento cuanto por la de la continuidad. Aquello que se busca es que la planta no muera, que la humedad vuelva cada vez que la tierra se seca y que, en definitiva, el sistema no colapse. En lugar de la máquina moderna -regida por los principios de productividad, expansión y hegemonía-, Lavrador ha confeccionado una máquina de lo escaso, doméstica, apoyada en una tecnología mínima y artesanal cuyo principal cometido es atender. Si la máquina posee una ética, esta se manifiesta en el presente circuito bajo la responsabilidad del cuidado. En un contexto en el que el futuro del planeta pasa inexorablemente por una “economía del decrecimiento”, Lavrador desafía la cultura del exceso para proponer, como alternativa política casi imperativa, una ética de la carencia.

Es evidente que la “máquina del cuidado” de Eduardo Lavrador se alinea con el campo de pensamiento de lo poshumano. Su activación se produce, no en vano, por una agencia no-humana: son la sequedad de la tierra, la necesidad de agua, el caracol que altera el equilibrio del microhábitat, la planta que crece… los activadores de un sistema que se articula como como un conjunto de relaciones horizontales -o lo que es igual: como un “sistema de cohabitación”-. El término -acuñado por Donna Haraway- de simpoiesis sirve perfectamente para ilustrar el anima de la “máquina del cuidado” de Lavrador, cuyo principio generador es “hacer-con”: sostener algo de manera colectiva, a través de una red de agentes heterogéneos. En la simpoiesis nada se basta: no hay una entidad soberana, ni un origen único, ni una autoría cerrada. Aquello que existe -un ecosistema, una obra, una vida- se explica porque múltiples elementos co-operan, se rozan, se afectan y se corrigen mutuamente.

Aunque, en este sentido, se ha negado, con anterioridad, la posibilidad de existencia, en este circuito de cuidados y de interdependencia, de un yo cartesiano -origen y razón de ser de todo-, lo cierto es que la simpoiesis de Lavrador define un tipo de subjetividad alejada del antropoceno: aquella que, a fin de ser rigurosos, podría enunciarse como sujeto ecosistémico. Por medio de esta subjetividad poshumana, se pretende definir un tipo de sujeto que ya no coincide con un individuo, ni siquiera con un colectivo -el tan estudiado “sujeto colectivo” de las multitudes inteligentes”-, sino con una constelación de interdependencias: organismos, materia, técnica, clima, temporalidad, mantenimiento. En la obra de Lavrador, el sujeto ya no es el artista, el espectador o la comunidad; antes bien, el verdadero sujeto es el sistema vivo que se sostiene y que, por ende, no posee rostro. Lejos del magnetismo del antropocentrismo, el “sujeto ecosistémico” de Lavrador nombra una subjetividad distribuida en la que lo vivo, lo técnico y lo material co-producen la obra sin que, en ningún momento, esta relación de interdependencia se torne en un gesto de sometimiento por alguna de las partes. No se trata, en conclusión, de ampliar los márgenes de la subjetividad humana, sino de aceptar que el sujeto ya no es humano.

Pedro A. Cruz Sánchez