LA VENTANA DEL TIEMPO

LA LITERALIDAD DE LO NO-DICHO

La colaboración establecida entre el artista, Pedro Noguera, y el escritor, Emilio del Carmelo Tomás Loba, en la exposición La ventana del tiempo, parece ser el resultado de
una “ekphrasis inversa”: el primero traduce visualmente los instantes capturados por el segundo en su libro Haikus fugit (2020). A diferencia de la ekphrasis clásica -consistente en la descripción viva, mediante el uso de la palabra, de una obra de arte visual-, aquí es el dibujo el que toma como referencia la colección de poemas breves de origen japonés de Tomás Loba para materializar las imágenes adensadas en ellos. Se trata, por tanto, de una relación entre el gesto visual y la realidad mediada por la palabra. Y esta circunstancia podría conducir, de inmediato, a una comprensión del dibujo como el traductor del sentido unívoco de la realidad dictado por los tres versos del haiku. Sin embargo, y en contra de lo que su estilo pudiera llevar a pensar, este género poético, en lugar de aplanar la realidad y encapsularla en una mirada determinista, la abre a una multiplicidad de interpretaciones que torna su mediación en un fascinante campo de posibilidades.

En efecto, el paradigma de la observación sencilla de un instante cotidiano que guía la ejecución del haiku, así como el empleo de un lenguaje desnudo y directo, alienta, en el lector, la sensación de una límpida inmediatez. Tal y como se aprecia en este proyecto de Noguera y Tomás Loba, los elementos que pueblan el paisaje liminal que habita la transición entre la huerta y la ciudad parecen haber sido registrados con una vocación descriptiva, rayana en la reproducción inocente de la realidad. Pero no es exactamente así. Uno de los rasgos más privativos del haiku es lo que podríamos denominar su literalidad elíptica -esto es: la sustracción de los nexos que permiten establecer una relación inequívoca entre las diferentes imágenes-. El poema presenta, de esta manera, una constelación de elementos, pero deja sin formular el principio que los vincula. La poética de Matsuo Basho -el histórico maestro del haiku- descansaba, precisamente, en el imperativo de no agotar la experiencia interpretativa mediante un exceso de explicación. El concepto japonés de yohaku -el espacio vacío que permite la intervención imaginativa del receptor- condensa perfectamente el espíritu de esa “literalidad elíptica” a la que se acaba de aludir: la relación de causalidad entre una imagen y otra queda en suspenso, tornándose las figuras de continuidad entre ellas en fisuras de indeterminación que impedirían un cierre de su significado. Cuando Roland Barthes, en El imperio de los sentidos, examina la resistencia del haiku a la clausura hermenéutica lo hace desde la idea de una “exención del sentido” que impide la transformación del poema en un discurso explicativo.

A partir del marco de análisis configurado por esta “literalidad elíptica”, no es difícil derivar que la vinculación que Pedro Noguera establece con los haikus de Emilio del Carmelo Tomás Loba es, precisamente, a través de los yohakus o “fisuras de indeterminación”. El artista no trabaja tanto desde las imágenes enunciadas cuanto desde la mínima determinación significativa que las conecta. De acuerdo con esto, el escritor arranca a la realidad de su estabilidad semántica para que, con posterioridad, el dibujante explore la inmensidad expresiva de un instante cualquiera. Los márgenes entrelos que se desenvuelve Noguera son tan amplios que el tránsito desde el apunte gestual a la inscripción geométrica se realiza con una naturalidad pasmosa. En rigor, lo que este expresa en sus apuntes visuales de los haikus de Tomás Loba es la literalidad de lo no- dicho -o lo que es igual: la precisión de lo indeterminado-. Si un haiku evidencia la inabarcabilidad de lo evidente, entonces, aquello que entrega la pulsión dibujística de Noguera es la posibilidad de seguir explorando una realidad cuya aparente sencillez esconde una profundidad inagotable. De ahí que sus composiciones parezcan desenvolverse en una suerte de provisionalidad permanente, como si cada trazo constituyera una tentativa de aproximación a algo que, en última instancia, se resiste a ser fijado. La imagen adquiere, así, la condición de un acontecimiento abierto, cuya consumación queda diferida en la mirada del espectador. Y es precisamente en esa imposibilidad de alcanzar una formulación definitiva donde la pintura y la poesíaencuentran su más íntima correspondencia.

Pedro A. Cruz Sánchez

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