Aquello que el tiempo había hecho invisible, de Ramón González Palazón

 

CUANDO NADA DESAPARECE, TODO HA DESAPARECIDO

Comisario: Pedro A. Cruz Sánchez

Sala Ángel Imbernón. Museo Cristo de la Sangre

Del 16 de septiembre al 8 de octubre de 2026

¿Qué sentido tiene la búsqueda de lo oculto en una época como la nuestra en la que el simulacro ha aplanado la realidad en una epidermis sin profundidad? En Aquello que el tiempo había hecho invisible, de Ramón González Palazón, la estructura mallada que nuclea la exposición reproduce un cuerpo sin densidad, sin interior, en el que la reducción ontológica ya no parece posible. La afirmación de Paul Valéry de que “lo más profundo es la piel” opera como contexto hermenéutico de esta pieza en la que el artista tensa al máximo la relación entre lo biológico y lo ontológico. En efecto, la desasosegante cavidad que delimita esta estructura corporal se encuentra habitada únicamente por una esfera blanca que semeja la unidad estructural y funcional más pequeña de los seres vivos: la célula. Este elemento concreto y medible determina la única forma de identificación de la existencia frente al concepto abstracto y universal del ontos. La diseminación del sujeto en el juego de apariencias del simulacro contemporáneo -el entorno digital, la IA- establece la biología como la única forma de interioridad posible. Ahora bien, esta interioridad ya no remite a una profundidad metafísica, sino a la persistencia material de la vida. Allí donde el sujeto parece haberse disuelto en la circulación infinita de sus imágenes, la célula introduce un límite irreductible: aquello que todavía acontece al margen de la representación. La piel deja entonces de ocultar una verdad para convertirse ella misma en el lugar de su manifestación. Lo invisible no está detrás de la superficie, sino que pulsa, obstinadamente, en ella.

El simulacro, en su fase más avanzada -esto es: en la de Baudrillard con respecto a la de Debord-, ya no diferencia entre la realidad y su representación. Ya no existe un referente desdibujado u oculto tras la imagen: el artificio ha devorado el original para convertirlo en un constructo humano. Como confiesa González Palazón, toda su obra constituye un denodado esfuerzo por recuperar las huellas de lo ya desaparecido. La roca, en este sentido, funciona a priori como archivo histórico del planeta. Al medir su existencia en ciclos geológicos, se articula como una huella material de ese “tiempo profundo” que registra los eventos del pasado. Sin embargo, en la obra de González Palazón, la roca ya no constituye un “testigo” genuino del pasado, sino un trampantojo elaborado por medio de la tecnología. Lo mineral -por así decirlo- se ha transformado en un artificio. Por más que, en un principio, pueda engañar a la mirada, la roca no se ofrece como un superviviente del pasado; antes bien, se trata de una realidad generada por un presente prometeico en el que el inmenso despliegue del tiempo es recreado por un infalible “ahora tecnológico”. El consumo insaciable de simulacros nos sitúa en un presente absoluto en el que se elimina la nostalgia del pasado desde la anulación del sentido de pérdida. Una sociedad capaz de recrear cualquier realidad desaparecida es una sociedad que vive en la ficción de la plenitud. Sin conciencia de “lo faltante”, el individuo se convierte en una falta en sí misma. Cuando todo comparece, el “ser” deja de suponer una aspiración para atrofiarse y desaparecer. La época en la que nada falta define un mundo atravesado por la nada.

A esta infalibilidad recreadora de la tecnología tampoco escapa la idea del origen, de lo primitivo. El monolito, en este sentido, aparece como la primera huella consciente que el ser humano deja sobre la existencia; se trata del puente simbólico que conecta el tiempo geológico y el tiempo histórico.  Pero, de nuevo, González Palazón desactiva cualquier posibilidad de acceso directo a ese origen. Su monolito no procede de un tiempo remoto, sino de la reconstrucción tecnológica de aquello que culturalmente identificamos con lo primigenio. La paradoja resulta evidente: cuanto más retrocede la forma hacia el origen, más sofisticado es el dispositivo que permite su aparición. De este modo, la tecnología, en lugar de limitarse a reproducir el pasado, lo termina por producir, convirtiendo la memoria en una experiencia enteramente contemporánea. El monolito deja así de señalar un comienzo para evidenciar la imposibilidad de alcanzarlo. Entre la roca y su simulacro se abre una distancia que ninguna restitución puede cancelar. Aquello que el tiempo había hecho invisible retorna ahora; aunque lo hace bajo la condición de una imagen. Y acaso sea esta la última contradicción epocal que pone de manifiesto González Palazón: necesitamos hacer visible lo perdido justo cuando hemos perdido la capacidad de aceptar su desaparición.

Pedro A. Cruz Sánchez